A los 12 años, cuando apenas era un niño, David Alejandro incursionó en el mundo de la droga sin antes haberla probado. Desde New York llegó a Colombia, su país natal, para seguir con el negocio que heredó de su padre.
Por Laura Santisteban Niño
Hoy tiene 20 años y quizá ha vivido más que un hombre de 50. Ha habitado las celdas gringas, robado a “traquetos”, ha visto morir gente a manos de sicarios, mover armas, vender sexo, traficar todo tipo de alucinógenos. Ha visto lo más oscuro que una mente pueda imaginar.
Solo, o mejor con “escama”, su perra American Pittbull, en una habitación que también hace las veces de sala y cocina, con licuadora, estufa de un puesto, nevera donde refrigera el “perico”, microondas y una mesa improvisada de centro sobre la que siempre “hay como un kilo de bareta”; en algún lugar de chapinero sobre la avenida caracas, donde para llegar hay que caminar por un pasillo oscuro y estrecho y subir unas escaleras alfombradas, guarda su “merca” y planea sus “vueltas”.
Las paredes de su “casa” están pintadas con un estilo particular. La silueta de una ciudad abarca una de las más grandes y dos mapas de New York se exhiben como cuadros sobre los cuales les explica a sus amigos y visitantes dónde y cómo están ubicadas las pandillas de la ciudad y de qué manera se mueve allá el negocio de la coca, la marihuana, el crack y las pepas.
“Sinceramente no sé que me gusta. Mmm, me gusta vender drogas, escuchar música y admirar niñas lindas. Uy sí, eso sí. ¡Severo!” Así transcurren los días de David; entre la legalidad, mientras trabaja en un Call Center, y la ilegalidad, surtiendo de “ganjah”, o lo que necesite la gente de por ahí, sus amigos y las trabajadoras sexuales de un bar vecino. (más…)







