Expreso del Centro

Vivir por transformarse

Septiembre 10, 2009 · Dejar un comentario

 

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Hace diez años Diego se hizo un pequeño piercing en la ceja. Hoy, con nueve perforaciones, once joyas debajo de su piel, la lengua partida en dos y casi todo su cuerpo tatuado; siente que los cambios que se ha hecho aún no son suficientes.

Por Ana María Villegas

En una congestionada calle en el corazón de Chapinero, un barrio de Bogotá atestado de negocios, de gente corriendo, de buses y de pitos, queda Store Tattoo. Detrás de un mostrador lleno de piercings que separa el interior del local de la gente que entra, asoma la cabeza un joven de cuya frente brotan seis púas de metal.

Él es Diego Castiblanco, un adicto a las transformaciones corporales. Además de las púas, tiene otras cinco joyas incrustadas debajo de su piel -una en el brazo, otra en la mano y tres en el pecho-; los cartílagos de sus orejas saturados de piercings y los lóbulos deformados por expansores; dos argollas que cuelgan de un hueco en su nariz con unos dos centímetros de diámetro; la lengua bífida como la de una serpiente; unas cicatrices hechas a propósito en su pecho llamadas escarificaciones; y casi todo su cuerpo tatuado.  El pelo fucsia, el metal, la pintura y la deformación, hacen que a pesar de sus 157 centímetros de estatura, no pase desapercibido.

Sabe que dentro de poco se hará una transformación más, pero no tiene muy claro cuál; tampoco sabe explicar la razón por la que se tatuó el demonio de su espalda o la figurita rosada de su antebrazo. Con un tono de rebeldía y la mirada clavada en el piso, se justifica con insistencia: “me modifico porque vivo de esto, porque es mi vida, mi manera de expresarme”.

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