Expreso del Centro

Doña Ceci

Abril 23, 2009 · 2 comentarios

Por: Pablo Medina Uribe

María Cecilia Ortiz, Doña Ceci, ha atendido una tienda de su propiedad en el centro de Bogotá por más de 25 años. Pero, más que convertirse en la despachadora de alcohol favorita de los estudiantes, trabajadores y turistas de la zona, su figura se ha convertido en la de una segunda madre para todos aquellos que frecuentan su negocio.

Han pasado pocos minutos desde las once de la mañana. En la carrera cuarta con calle trece, en el centro de Bogotá, ya la puerta roja de metal ha ido hacia arriba y la tienda que esconde ha comenzado a atender a su clientela. Detrás del armatoste de vidrio que ha tenido que instalar por las nuevas leyes de la alcaldía distrital, pero que le disgusta porque le dificulta charlar con los clientes que se acercan, una mujer está acomodando todos los productos -chocolates, botellas de licor, paquetes de papas, gaseosas y otra larga variedad de comestibles- en los diferentes mostradores. María Cecilia Ortiz es una mujer robusta, pero con una expresión dócil y tierna. Nacida en Villavicencio en una familia no muy acomodada, muchas veces habla con la sumisión de las personas del campo, pero aún con la firmeza de quien sabe cuándo hay que ponerse al mando de la situación. Llegó a Bogotá hace más de treinta años para acabar su bachillerato y, espantada por el calor de su tierra natal y encantada por el ambiente de la capital, decidió quedarse. Abrió entonces, hace veinticinco años, una cafetería en el centro, que fue creciendo, ampliando la oferta de productos y cambiando de lugar hasta, hace dieciocho años, establecerse en su ubicación actual.

Es Doña Ceci. Hace tanto que se habla de ella que pareciese que sus años no se pudiesen contar, pero, a decir verdad, no son tantos, unos cuantos más que cincuenta, que parecen aún menos mientras ella sortea los licores, las gaseosas y los chocolates, casi sin tener que mirar sus manos. La noche pasada, como lo ha hecho durante los últimos veinte años, ha atendido el negocio familiar -en el que la ayudan sus dos hijos, Freddy y Sandy, dos jóvenes universitarios estudiantes de arte y antropología, respectivamente- hasta la hora que la ley se lo permite, en este caso, las tres de la mañana. Pero este ajetreado ritmo de vida no la alejado de su puesto detrás del mostrador: como todos los días de esos más de veinte años, hoy ha llegado puntual y no se ha retrasado un solo segundo en abrir, y tampoco podría hacerlo, sabe que cada momento alejada de su negocio la llena de angustia, ¿qué pasará en la tienda? ¿Cómo estarán atendiendo a sus clientes?

- ¡Doña Cecilia! -la saluda algún recién llegado.

- ¿Cómo está vecino? -le responde ella con su sonrisa que se asoma tímida y su acento que recuerda a la voz del campo.

- ¿Necesita que le deje cerveza hoy? -pregunta él.

-No, muchas gracias -responde ella ojeando velozmente su stock, sin voltear la cabeza.

En la tienda de Doña Ceci hay suficiente cerveza, y eso quiere decir que hay muchísima. El mostrador de latas y botellas de esta bebida de cebada, aunque la nueva ley lo obliga a estar “escondido”, de todas maneras se nota lleno desde la primera entrada a la tienda. Porque, aunque las restricciones de la alcaldía han hecho que disminuya el número de visitantes nocturnos, esta tienda de La Candelaria, que consiste en un pasillo angosto que remata en una gran sala llena de mesas para departir con los amigos y que tiene un sótano -manejado por los hijos de Ceci- para seguir la rumba hasta cuando se pueda- sigue siendo un punto de encuentro primordial para estudiantes de las universidades cercanas, para turistas que se hospedan en hoteles de las calles vecinas, para habitantes del barrio, para artesanos que trabajan cerca y para nostálgicos que quieren recordar su vida universitaria con unas cervezas y alguna corta charla con la dueña del lugar.

Doña Ceci los recibe a todos. Aunque recientemente ha tenido que instalar un portero para evitar robos y que irresponsables salgan a la calle con licor y la hagan romper la ley, de todas maneras aquí llegan todos. No importa cuánto dinero carguen, dónde estudien, dónde trabajen, cómo prefieran tener el pelo, qué tipo de pantalones les guste usar, ni qué música les guste escuchar, todos llegan a visitar a Doña Ceci y tomarse unos tragos en su tienda. Ella los saluda a todos, a algunos, los más asiduos, les pregunta brevemente por lo que ocurre en sus vidas y ellos contestan como si estuvieran hablando con algún familiar. Algunos se acercan a la rockola y programan canciones de su preferencia. Puede ser que suene un metal, un punk, un vallenato o una ranchera, pero nadie se queja, todos esperan el turno de su canción. A Doña Cecilia no le gustan las canciones que usualmente programan sus clientes, no las entiende y le parecen muy escandalosas, pero luego de tantos años en su oficio, ha aprendido a vivir con ellas. Escucha ya las canciones sin sentir mayor molestia y critica a otras personas que juzgan a quienes escuchan este tipo de música ruidosa y dice que cada uno tiene derecho de gustar de lo que quiera. También se queja de quienes desconfían de alguien por el mero hecho de “tener las mechas largas”. Aunque no es fanática de los looks alternativos, ella no se fija en ellos, pues tiene una técnica mejor para saber en quién confiar: dice que “mirando la cara de quienes entran puede saber quién quiere hacer daños y quien tan sólo llega a divertirse”.

Sin embargo, algunos clientes no son tan tolerantes como ella y, a veces, cuando se les suben los tragos a la cabeza amenazan con comenzar una pelea. Ella entonces interviene y deja de lado su tono amable para recordarles que no están en el lugar para disputar. Cuando ocurren cosas de este tipo, Doña Cecilia no le vende más licor a los involucrados y, en cambio, les da algo para que se les pase el efecto del alcohol y les ayuda a conseguir un taxi que los lleve a sus casas. “Es que yo tengo que cuidarlos”, dice ella “cuando están aquí son casi como mis hijos”.

-Disculpe -interrumpe una voz profunda y algo apagada. Es la voz de Matt Snow, un turista estadounidense que el día anterior ha estado tomando cerveza con sus nuevos amigos colombianos en el local de Doña Ceci -Creo que dejé mi paquete -Dice él con su rudimentario español. Ceci le entiende y busca una maleta que alguien ha dejado la noche ya pasada. Se la entrega y le recomienda no ser tan descuidado -tiene que ver dónde deja las cosas, mijo -le dice.

-Así siempre es ella -cuenta Freddy -siempre cuidándolos a todos.

Matt agradece con una gran sonrisa de alivio por volver a encontrar sus cosas y se despide prometiendo volver con más amigos. Ceci se despide y se pone a trabajar, ya casi anochece y la clientela está comenzando a llenar el sitio.

Cuando llegan las tres de la mañana y Doña Cecilia comienza a cerrar su establecimiento, los últimos clientes se levantan y se despiden de ella,

-Muchas gracias por todo, Doña Ceci, nos volvemos a ver pronto -le dicen, con grandes sonrisas, seguros de volver a visitar a esta señora que los ha cuidado esta noche.

Ella espera hasta que el último se haya ido seguro a su casa y luego se va a descansar, para poder levantarse más tarde y volver a pararse detrás del mostrador y recibir de nuevo a sus clientes.

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2 respuestas hasta el momento ↓

  • Danilo // Mayo 12, 2009 a 11:19 pm

    Hermano, este perfil estuvo del carajo. Buscaré esa tienda!

  • Pablo Medina Uribe // Mayo 14, 2009 a 7:45 pm

    Muchas gracias, don Danilo. Su aprobación siempre es sello de calidad.
    Por cierto, la tienda también es famosa por sus baratos shots de tequila (a menos de 2.000 COP, si mal no recuerdo). Y, bueno, ya que estamos, me sorprende que usted, un dedicado uniandino jamás la haya frecuentado :P .

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